Diario de un «obsesor» (4)

      

Conforme avanzaba mi reflexión, fui retrocediendo en mi travesía por la vida, analicé todos mis recuerdos desde que salí del vientre de mi madre hasta alcanzar los acontecimientos más cercanos y por fin, me detuve en la causa de cómo había llegado a esa coyuntura de tener conciencia de concebirme “muerto”. Sentí entonces cómo una gran rabia se iba apoderando de mí progresivamente, notándome cada vez más tenso. Reconozco que fue esa misma e intensa emoción de rencor la que me indujo a abrir los ojos y a incorporarme del suelo. No tenía ni la menor idea del intervalo transcurrido desde que me senté en aquel lugar a meditar sobre mi ayer y mi destino.

Tuve que admitir por primera vez en mi existencia que había perdido la noción del tiempo. Resultaba curioso pero yo siempre había sido muy maniático con su medición, de tal forma que aunque alguien me preguntara por la hora yo podía responderle con bastante exactitud sin necesidad de mirar el reloj de mi muñeca. Sin embargo, esa coyuntura también había dejado de tener relevancia para mí. Lo esencial, lo que llenaba mi mente, era lo que percibía por dentro, una especie de mal humor que se desprendía de mi cabeza como el humo negro y denso de la chimenea de una fábrica contaminante. Y es que de verdad, me veía como infectado, como contagiado por el peor de los virus creados en este caso por el propio hombre: el odio. Ese sentimiento tan extremo y abominable se personificaba en un solo nombre: Roberto. Su imagen se me venía al pensamiento una y otra vez y a mi boca acudió una expresión tan brutal como reiterativa: ¡¡¡venganza!!!

Confieso que fue esa misma sensación de aversión la que me dio fuerzas para seguir existiendo. Ahora que había perdido mi condición carnal, qué me importaba ya todo. Tenía que replantarme el nuevo curso de mi viaje por una dimensión absolutamente novedosa para mí y fue esa obsesión por mi examigo la que me ayudó a centrarme y a recuperar el ánimo. Mi obcecación era tan clara como radical: desquitarme de ese estafador de afectos, de ese renegado a mi antigua amistad que me había arrebatado a mi criatura más querida, de ese monstruo de maldad que había provocado mi desesperación, mi ansiedad bañada en alcohol y por ende, mi mortal accidente. Al levantarme de aquel extraño paisaje junto al árbol, tomé una decisión que marcaría el resto de mis días: debía acabar como fuera con ese inmundo sujeto, causante de todas mis desgracias y para colmo, de mi despedida terrenal. No tenía nada que perder, pues para mí, todo había terminado en aquella escena trágica junto a la carretera, pero tenía muchísimo que ganar si lograba aniquilar a mi más mortífero enemigo.

No fue fácil. Aunque al principio no me costó mucho orientarme para regresar a mi ciudad, el cuadro que contemplé tan pronto como penetré en mi hogar me revolvió las entrañas y contribuyó a exacerbar hasta límites insospechados la rabia que sentía por dentro. Me di cuenta a la perfección de cómo la fuerza y la intensidad de las emociones podían multiplicarse hasta el infinito una vez despojado de la estructura orgánica. No podía sentir la cólera como alguien más, sino que yo mismo era la cólera. El infame de Roberto no solo había seducido a la inocente de mi esposa sino que el muy pérfido se había trasladado a vivir a mi propia casa, sentándose en mi sillón favorito, utilizando mi mesa para comer y lo más indignante, durmiendo en mi misma cama con mi cándida Carolina. ¿Puede cualquiera imaginarse lo irritante de la situación? ¿Puede alguien ponerse en mi punto de vista para intuir lo que percibía por dentro cuando veía a aquel repugnante ser dándole calor y abrazando a mi mujer? Era para volverse loco, saber que después de “muerto” podría llegar a experimentar impresiones tan reales.

Este individuo se movía por los pasillos y las habitaciones de mi morada como si hubiera tomado posesión de mis dominios, como hacían los antiguos feudales tras derrotar a sus adversarios. Se había apropiado de mis recuerdos más agradables, de la memoria de mis actos más recónditos. Pero ¿cómo podía aquel antiguo compañero con el que tantas horas compartí haber desarrollado tanta bajeza moral? ¿Cómo era posible que además de haber perdido mi aliento vital tuviera que presenciar semejante iniquidad con los propios ojos de mi alma?

Por más que quise golpearle, lastimarle o herirle, estaba claro que mis manos o mis piernas no servían de nada. Él tenía huesos y músculos y yo ni siquiera sabía de lo que estaba compuesto. Mis intentos infructuosos por pegarle solo aumentaron mi agotamiento psíquico y peor aún, incrementaron mi enfado hasta el paroxismo. Tuvo que pasar el tiempo para que llegara a la conclusión más inteligente de mi vida: solo podía enfrentarme a ese depravado a través de un elemento común que nos unía, o sea, el pensamiento. Ahí residía la clave. Pero esto lo descubrí un poco más adelante. Era la única forma que disponía para perjudicarle. A través de múltiples ensayos y errores fui perfeccionando mi técnica de ataque. Y es que contaba con una gran ventaja: mientras que él debía ocuparse de un montón de asuntos mundanos, yo tenía todas las horas de cada jornada para concentrarme en lo que realmente me importaba.

Reconozco que hubo dos aspectos que no estuvieron bajo mi control.

Primero. Dios mío, cuántas veces intenté hablar con mi mujer, entrar en su mente, tratar de influirle para que se alejara definitivamente de aquel lobo con piel de cordero, pero me fue imposible. ¡Qué sufrimiento tan indecible me resultaba el no poder acceder al interior y a los deseos de mi Carolina! ¡Qué impotencia más exasperante, verte ignorado por la criatura a la que más has amado! ¿Cómo iba yo a recuperar el amor de mi bendita esposa si no disponía de ningún medio a mi alcance para comunicarme con ella, para adentrarme en sus pensamientos, para demostrarle que yo seguía vivo, contemplándola tan hermosa y dulce como siempre?

En segundo lugar, observaba todas las noches cómo el malvado de Roberto escapaba cada madrugada de la habitación cuando permanecía dormido. Era como si su silueta corporal se desdoblara, incorporándose y saliendo de la cama con rumbo desconocido. Yo quería aprovechar esos instantes para agredirle, para decirle en su cara lo que pensaba de él, pero existía una especie de barrera invisible que me impedía aproximarme a su presencia.
¡Qué desgracia! Hubiera sido una magnífica oportunidad para acercarme a su figura desprendida y acosarle de pleno.

…continuará… 

 

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