Escribir es fácil… si sabes cómo (y II)

Foto cortesía de Nelson Jonas Ramos de Oliveira  © Todos los derechos reservados

Centrémonos ahora en aquella persona que se halla en sintonía y que los buenos espíritus quieren utilizar para efectuar algún tipo de comunicación. Puede tratarse de un libro, de un artículo o tan solo de una recomendación. Lo esencial en estos casos no es la cantidad de folios que vayamos a escribir sino la calidad de lo que vamos a plasmar en el papel. No hay que preocuparse. Ellos se encargan de todo, nos conocen a la perfección, rastrean en nuestra mente, saben de nuestra naturaleza y por tanto, entienden qué tipo de anuncio nos pueden inspirar. Nos dan por tanto las máximas facilidades siempre y cuando nos mostremos receptivos. ¿Y qué es mostrarse receptivo? Abrir nuestros canales con toda sinceridad mostrándonos dispuestos a recibir sus mensajes. No significa abandonar nuestra personalidad, nuestro estilo ni nada semejante. Nuestro carácter siempre va a formar parte de nuestra escritura. Los grandes médiums que a lo largo de la Historia se han dedicado a escribir bajo el influjo de los espíritus podían hacerlo sobre cualquier asunto, pero siempre había algún elemento identificativo común en sus obras. No podemos dejar de ser nosotros mismos y tampoco los “desencarnados” que nos guían lo pretenden. Esto sería algo semejante a anularnos como almas independientes y este fenómeno es algo que no se adecua a sus nobles propósitos.

Lo mismo que ellos nos tienden “puentes” para favorecer nuestra labor de sintonización, también nosotros debemos darle a los espíritus posibilidades para que depositen en nuestro pensamiento su reflexión. En este sentido, resulta fundamental establecer un hábito. Esto se refiere a crear una especie de ritual con el cual nos acostumbremos a recibir sus comunicaciones. Así, podríamos establecer elementos tales como:

—Una hora determinada del día.

—Una misma habitación o sala.

—El silencio o cierta música suave que no sea estridente.

—Como es obvio, permanecer despejado tanto en el aspecto orgánico como en el psicológico. Es imposible escribir algo en medio de una digestión pesada, bajo una tensión psicológica o sometido a los efectos de determinadas sustancias.

—Resulta recomendable realizar unos breves ejercicios de respiración calmada para relajar tanto el cuerpo como la mente. Dos o tres minutos simplemente observando cómo el aire entra y sale de nuestros pulmones son suficientes para conducirnos a un remanso de paz que facilitará nuestra tarea.

—“Conectar” es fundamental. Se trata de establecer contacto con los espíritus para que nos hablen, desenvolviéndonos de forma noble y cordial, como si nuestra petición saliera directamente de nuestro corazón. Se puede realizar una pequeña oración o dirigirnos sinceramente a las criaturas que se hallen presentes para que se valgan de nosotros y consignen sus ideas en nuestro pensamiento, lo que traduciremos al papel escrito conforme nos vayan llegando sus contenidos.

—Siempre contamos con la inestimable ayuda de nuestro ángel guardián pero es posible que este no sea el espíritu que nos quiera transmitir un determinado mensaje. En mi caso, además de mi querido amigo vitalicio al que tanto debo, yo noto dos “presencias” que están sumamente interesadas en trasladar a mi mente todos los argumentos que reflejo tanto en mis artículos como en mis libros. Sirva de ejemplo este mismo caso, pues esta tarde yo estaba dispuesto a redactar algo diferente de otra temática y sin embargo, “escuché” con total nitidez en mi cabeza la necesidad de elaborar un capítulo sobre la cuestión de la “inspiración mediúmnica” en la escritura.

—Como en cualquier campo de la existencia, el entrenamiento es un elemento básico. Conforme insistes en buscar la hora apropiada, el lugar oportuno y en silenciar tu alma evitando los molestos ruidos externos y distractores, la concentración aumenta y se alcanza el momento en el que tu intuición te pide sentarte en tu sitio preferido. Entonces, tus deseos y tu mano no van lo suficientemente rápidos como para anotar todo aquello que se está filtrando a gran velocidad en tu mente.

—Por tanto, si tú les ofreces facilidades cumpliendo con las condiciones enumeradas, los espíritus responden con garantía, como criaturas serias que son y que ejecutan el compromiso alcanzado que tú has firmado con ellos para escribir lo que te inspiren. Si deseas comunicaciones valiosas, de “calidad”, tu vida ha de desenvolverse por derroteros también de «calidad». Creo que está de más insistir de nuevo en la necesidad de cumplir con unos hábitos existenciales sanos. En este terreno no hay engaños, pues somos cristales transparentes, desnudos ante el análisis que realizan de nosotros. Si tu alma se muestra receptiva, te dictan sus ideas y tú les imprimes un estilo en forma de palabras y frases que se encadenan a un ritmo vertiginoso y que no se detiene. Calma. Los espíritus “ven” más que nosotros. Cuando perciben cansancio en nuestra mano o fatiga en nuestra mente, paran con toda educación y dejan para más adelante la continuidad de sus expresiones. Ya llegará el momento, cuando proceda, de continuar con la inspiración.

—Resumiendo: es preciso organizar los factores externos a fin de que permitan la concentración, manteniendo una actitud íntima de recogimiento y una receptividad armónica o si queremos denominarlo de otra forma, el abandono total a los dictados de los rectos espíritus, aspecto que no hay que confundir con la anulación de la propia voluntad, pues esta siempre se mantiene activa y maneja la traducción de esas ideas para plasmarla en palabras inteligibles.

Yo tengo personalmente un “truco” que me sirve de gran ayuda. Nunca hay que forzar los acontecimientos. Si los conceptos no llegan es que no es el momento oportuno. No hay que alterarse ni enfadarse por ello. Los espíritus saben de antemano cuál es la mejor ocasión para transmitir sus mensajes y yo siempre doy por hecha sus sabias y nobles intenciones. Varias veces a la semana me visto con ropa deportiva y me voy a caminar para hacer ejercicio entre treinta y sesenta minutos. Para mí es el momento de desplegar la “antena” que todos tenemos. Por un acuerdo tácito que yo he establecido con mis buenos amigos desde hace tiempo, ellos saben que cuando yo ando me hallo disponible. Hay jornadas en las que no ocurre absolutamente nada pero hay otras en las que la “lluvia de ideas” es incesante y te cala hasta lo más profundo. ¿Qué hago entonces? Ordenar conceptos y acumularlos en mi memoria. Después, cuando surge la coyuntura apropiada, todo es más fácil pues tan solo tengo que expresar de forma escrita lo que previamente he acumulado en mi cabeza. Y aun así, estos contenidos no siempre coinciden de forma íntegra con los recibidos antes, sino que se van modelando y actualizando sobre la marcha con nuevas palabras o ideas que vas captando. Como dijo Jesús, “el que tenga oídos, que oiga” (Mt. 13,9).

Querido lector, tú también dispones de tu oído espiritual, tan solo es cuestión de educarlo con la perseverancia para que escuche los susurros que emiten nuestros buenos amigos del otro lado, aquellos que cuando nos hacemos merecedores, deciden confiar en nuestras mentes sus más recónditos y bellos secretos acerca de lo que constituye la vida. Si el sentimiento que te guía es el de la hospitalidad, no dudo en que tendrás a bien atraer a tu hogar a esos sabios viajeros a los que les agradará visitarte, al contemplar el brillo de la casa que les acoge y la dulce luminosidad que emana de tus ojos. Un abrazo fraterno y adelante. Quizás descubras al gran literato que reside en ti, aunque en este caso la autoría de lo que escribas resulte «compartida».

 

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