El día de los muertos (III)

             

Cuando me noté fuera de peligro, un pensamiento se instaló en mi cabeza. Había querido realizar una visita de cortesía al feudo de la muerte pero aquello cada vez se asemejaba más al reino de Hades. Entonces, entendí que por más que siguiera con mi travesía, mi experiencia no mejoraría sino que corría un alto riesgo de llevarme sustos más y más aterradores. Creí que ya había tenido bastante con lo que había visto y sentido. Ya tendría tiempo más tarde para reflexionar sobre lo vivido. Mis esperanzas de aprender algo más se desvanecieron y mi otrora curiosidad se diluyó como un azucarillo. Estaba cansado y confieso que bastante estremecido, por lo que lo más sensato era obrar con cautela y retornar a la orilla del lago. De pronto, recordé como un golpe de martillo propinado sobre mi cráneo las palabras de Caronte. Me aseguró que aguardaría hasta mi vuelta, pero por un momento, reflexioné y caí en la cuenta de que había perdido completamente la noción del tiempo que llevaba andando por aquella especie de selva maléfica, rodeado de seres sufridores y como hechizados por un mundo extraído de un libro de pesadillas. Dios mío ¿y si aquel personaje que trasladaba a los muertos se había cansado de esperar? ¿Y si resultaba abandonado en aquella zona oscura donde jamás se ponía el sol simplemente porque nunca se alzaba por el horizonte?

Atenazado por los nervios y sintiendo un nudo enorme a la altura de mi estómago, me lancé en veloz carrera para desandar lo andado, para alcanzar cuanto antes las aguas de la laguna, pidiendo por favor a las alturas no más encuentros extraños con seres horripilantes. Cuando tras un trote prolongado me detuve exhausto para coger fuerzas, el rostro de una muchacha llorosa se me apareció y me solicitó con su brazo extendido ayuda desde uno de los gruesos árboles que adornaban la vereda. Arrastrado por una increíble curiosidad me acerqué adonde ella permanecía como escondida, pues me dio la impresión de que no quería salir al centro del camino a hablar conmigo.

—Pero mujer, ¿por qué te ocultas? ¿Qué temes? ¿A qué ese rostro demacrado, cadavérico? ¿Y esos arañazos, y esos rastros de sangre sobre tu cara? ¿Quién se ha cebado contigo agrediéndote de esa forma tan monstruosa?

—Ay, amigo, ayúdame. Creo que he perdido la razón o loca me siento ya. El destino me ha maldecido y vivo en medio de una tortura insoportable. ¿Sabes? Debes tener tú también cuidado. Me buscan para hostigarme. No puedo salir al sendero para que no me descubra mi perseguidor. Refugiada entre los árboles, al menos le resulta más difícil localizarme. ¡Qué desesperación la mía!

—Pero ¿de qué hablas? ¿Acaso mencionas a tu agresor? Debe ser un salvaje enfermo de ira. Fíjate cómo te ha dejado el semblante…Y ¿qué son todos esos cardenales en tus brazos y en tus piernas? Son como moratones producidos por pinchazos, como si te hubieran puesto infinidad de inyecciones a la vez…

—Escapar quisiera, pero… no puedo… le evito, pero él, tarde o temprano siempre me encuentra y me ataca, me chilla, me araña con sus uñas, me insulta, me… ¡Dios mío, ayúdame a despertar de este mal sueño!

—Un momento, cálmate, por favor, no entiendo nada, esto es un enigma para mí… ¿podrías explicarte algo mejor?

Súbitamente, la mujer cambió de aspecto y una expresión de horror transformó a peor su ya deformado rostro. Conmovido por la escena, empecé a escuchar un gemido suave al principio que luego se tornó en un llanto infantil espeluznante, chirriante, tan desgarrador que me hizo llevar instintivamente las manos a mis orejas para taparlas y aminorar la intensidad de aquel brutal sonido. Cuando miré hacia atrás, la experiencia visual resultó tan impactante que hasta me retuvo el aliento; una cabeza gigante de bebé flotaba en el espacio y miraba con aire de rabia a aquella pobre fémina.

—¡Desgraciada! —exclamó aquella forma de aparición surrealista —. Te descubrí de nuevo. Pagarás tu crimen. No escaparás de mi acoso jamás. Lo que hiciste no tiene perdón de Dios. Nadie te librará de este tormento.

—¡Noooo…! Te lo he dicho ya un millón de veces. ¡Déjame vivir! ¡No fue mi culpa! Ellos me la dieron a probar, eran mis amigos y me traicionaron. Vivíamos en grupo y tú tenías solo unos meses. ¡Perdóname, por favor! Me descuidé contigo, olvidé que era madre, que tenía una criatura a la que amamantar, pero ni siquiera tenía leche para ti… Te lo repito, ellos me obligaron a consumir para no expulsarme de la casa… así me olvidaba de los problemas, de los agobios, de las ansiedades… cualquiera hubiera hecho lo mismo que yo…

—¿Lo mismo? ¿Dejar morir por inanición a su bebé? ¿Cambiar al ser que habías llevado en tu vientre nueve meses por la maldita heroína? Ven aquí, maldita yonqui, yo te daré tu recompensa, la que se merece una persona capaz de cometer el peor crimen de la humanidad, el de dejar morir a su propio hijo…

—¡Noooo… otra vez no! ¡No me pegues más! ¡Ten compasión de mí…!

—¿Cómo que no? Truncaste mi vida, mi oportunidad para crecer, para desarrollarme… soy un proyecto frustrado desde la raíz, corroído por la impotencia, rabioso… ven, miserable furcia, te vas a enterar…

De pronto, aquella figura digna de un delirio alcohólico, se abalanzó sobre la muchacha y extrajo por sorpresa de sus oídos unas manos que contenían docenas de dedos afilados como cuchillas y que empezaron a arañarla hasta hacerla sangrar con profusión…

—¡Nooo… quiero marchame de aquí! ¡No puedo soportarlo más…! – grité agobiado como nunca en mitad de la noche más oscura de mi alma…

Cuando me di cuenta, estaba en cuclillas sobre el suelo del camino, como intentando protegerme de cualquier amenaza. Cerré mis ojos apretando mis párpados hasta que sentí un agudo dolor y deseé con todas mis fuerzas abandonar aquel escenario de auténtica película de miedo. Pude contar unos segundos y sin esperarlo, me vi metido en un túnel y transportado por el mismo a la velocidad de la luz. ¡Tal era el vértigo que sentía! Al poco, noté una cierta calma en mi interior. Ya no se oía ni la voz del niño reclamando venganza ni la de la joven madre pidiendo perdón. Una extraña aunque sobrecogedora calma se percibía a mi alrededor. ¡Dios mío! ¿Cuál sería la siguiente sorpresa? Echándole algo más que valor a la situación, me decidí a abrir mis ojos y levantar mi cabeza que se mantenía a buen resguardo entre mis rodillas.

La figura adusta, flaca y estirada del remero surgió ante mis retinas. Nunca antes en mi existencia me había dado tanta alegría verle el rostro a Caronte, pues eso significaba que en breve podría realizar mi viaje de regreso. ¿O no?

—Bien, señor, aquí estoy, como prometí. ¿Dispuesto al regreso a casa?

—Síiii… cómo no y cuanto antes mejor – expresé con emoción mientras que de vez en cuando miraba hacia atrás con desconfianza.

…continuará… 

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