2013: ¿Más pruebas y expiaciones?

           
 

A esta pregunta habría que responder con toda seguridad: sí, sin duda. ¿Qué  esperábamos? El ciclo del ser humano no cambia de la noche a la mañana, ni  siquiera por saltar de año, siglo o milenio. Si la formación de una persona,  desde que ingresa como niño en la escuela hasta que sale como adulto de la  universidad, abarca muchas estaciones ¿por qué habría de ser diferente con la  condición actual de nuestro planeta teniendo en cuenta su edad y su función?

A este respecto, solo existe una certidumbre: la originada por la Ley de causa-efecto que Dios dispuso cuando decidió crear el Universo y a nosotros como espíritus sencillos e ignorantes. ¿Por qué en esta era tan avanzada de la tecnología y de la comunicación seguimos hablando pues de pruebas y expiaciones como el denominador común de este mundo que habitamos?

A nadie salvo a nosotros mismos podemos atribuir esa condición actual de la Tierra. Probemos a encender la televisión o la radio, a leer cualquier periódico o a charlar con cualquiera. Nadie se sorprenderá de que lo que vea o escuche sea el predominio de la violencia, del egoísmo, del hambre, de las guerras, del orgullo…en definitiva, de todo aquello que rápidamente identificamos con la maldad, con el lado más oscuro de la criatura humana. Sin duda, tenemos lo que nos merecemos, lo que hemos provocado con nuestras actuaciones en el pasado, mas no valoremos este razonamiento desde la negatividad sino desde la justicia, desde el saber que nos desvela que antes de solicitar un nuevo préstamo hemos de liquidar las deudas pendientes de pago. Ni el banco más solidario nos concedería un nuevo crédito sin antes haber saldado los débitos del ayer. Mientras que no reconozcamos que este proceder divino no es arbitrario, sino ecuánime en toda su expresión, no habremos avanzado ni un solo milímetro en nuestro camino.

A través del influjo que esa Ley de causa y efecto genera en cada uno de los rincones del orbe, sabemos que todo lo que hemos plantado produce unos frutos. Nos estamos enfrentando ahora tan solo a las semillas que en un pasado dispusimos, tanto en esta existencia como en las anteriores. Pero también en el presente, con nuestra actitud y con nuestras decisiones, seguimos lanzando a la tierra nuevas simientes que habrán de germinar en nuevos desenlaces del mañana.

No caben las sorpresas donde existen las certezas. ¿Quién se va a asombrar porque en el desierto llueva poco? Incluso podrías darte un baño en el Mar de Barents pero resultaría absurdo pasmarse por la frialdad de sus aguas.  Por más que nos empeñemos, de una semilla de tomate jamás saldrá una lechuga. ¿A qué entonces tanta extrañeza cuando nos quejamos amargamente de las circunstancias a las que hemos de hacer frente cuando hemos sido nosotros mismos los que las hemos propiciado? La balanza de la vida no está trucada, no entiende de personalismos, tan solo marca el peso justo de tus actos inmortales, ni más ni menos.

La justicia humana es imperfecta, por lo que se equivoca a menudo. Podemos recurrir sus decisiones una y otra vez hasta agotar las vías establecidas y aunque llegáramos al más alto tribunal, jamás tendríamos la absoluta certeza de que el fallo es el adecuado. Sin embargo, la justicia divina es inapelable, no se producen desajustes en ella, no existen riesgos de parcialidad, podemos permanecer totalmente tranquilos de que el veredicto será el idóneo para con nosotros.

Sin embargo esa misma justicia es dinámica y se renueva día a día, segundo a segundo, conforme adoptamos resoluciones por las que somos enjuiciados nuevamente y así hasta el infinito. Esto significa que el ser es libre para actuar, para modificar su vida, su entorno, para desparramar simientes que alcancen nuevos resultados a su debido momento. Es de sobra conocido que cada acción que emprendemos genera una reacción equivalente. Acabamos de empezar un nuevo año ¿qué jardín pretendemos obtener en la próxima estación? ¿Será uno donde abunden las flores de bellos coloridos y delicadas fragancias ante el que permanezcamos extasiados en su contemplación? O ¿será acaso uno donde broten las malas hierbas y los espinos por nuestra escasa dedicación y falta de conciencia?  Somos tan libres de lanzar palabras al viento como de recoger después su eco en nuestra mente. Si esparces la mentira o la insidia por doquier, no pienses que serás adornado con hermosos párrafos en tus oídos. Y aun así, habrá quien llore amargamente por los sones recibidos, olvidando con facilidad el origen de su propio discurso. Eso se llama autoengaño.

¿Cuál era la esperanza de vida del ser humano en el período de las cavernas? Y ¿en la época de Jesús? ¿Y en la Edad Media? Y ¿en qué condiciones se desarrollaba la existencia de las personas hace tan solo doscientos años, o un siglo o incluso hace un año? El progreso no se detiene aunque siempre tengamos la impresión de que el avance intelectual va un paso por delante del moral, quizá porque este último resulte más laborioso. Sin duda y a pesar de los apóstoles del pesimismo, cualquier tiempo pasado NO fue mejor.

Por ello, hemos de ser inexorablemente optimistas pese al buen bofetón que todos estamos recibiendo con la mal llamada “crisis económica”*, una coyuntura que curiosamente nos está mostrando, aunque algunos no lo quieran ver así, la supremacía del “ser” sobre el “tener” y lo frágiles que pueden llegar a ser las bases que se asientan solamente sobre la abundancia material y no sobre los buenos principios.

Queramos o no, los planos superiores nos están lanzando un mensaje claro y concluyente ante el que no podemos estar ciegos ni sordos. En este mundo que se aproxima a marchas forzadas a la regeneración de sus más hondas raíces, ya no cabe edificar la felicidad ni la dicha sobre los pilares del egoísmo o del orgullo, vinculados siempre a la posesión y al materialismo. Las columnas del nuevo templo de la Humanidad, aquel que se levantará en este atribulado planeta del ahora, serán de un mármol blanquecino y reluciente, sobre el que se esculpirán las letras de la misericordia y la compasión. Desde lo lejos, cada habitante del nuevo orbe que haya de surgir, podrá leer en su frontispicio la palabra “caridad”, aquella que habrá de guiar los actos y los pensamientos de los nuevos seres que permanezcan sobre el globo.

El año 2013 no obrará milagros, pero constituirá la adición de nuestros comportamientos y actitudes, sin olvidar el elemento clave que los antecede: nuestros pensamientos. Permanezcamos pues alerta con lo que hagamos, sabiendo de antemano que todo aquello que perpetuamos en la realidad se ha generado previamente en la mente. Por algo somos seres dotados de inteligencia y libre albedrío. Cada uno debe decidir si sumarse a ese gran proyecto que a veces solo lo vemos entrar por la puerta del sufrimiento, o si desea permanecer en el anonimato del estancamiento, el que habrá de desembocar en la repetición de curso, eso sí, muy lejos de aquí y del nuevo aula de la vida donde los alumnos del amor habitarán por los siglos de los siglos.

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