Carta a una mujer

 

Querida compañera de camino: cuando te vi, lo supe, pues incluso para reconocerte entre las sombras eran necesarios los tiempos precisos. Alguien me contó mucho después, que nuestras figuras ya se habían cruzado en la ciudad un año antes, pero al parecer, debimos ignorarnos y eso ocurrió porque nuestra atención resultó distraída, a fin de que respetáramos los plazos acordados antes de ingresar de nuevo en la “carne”. Aquella noche de reencuentro mi corazón palpitó como nunca y fue entonces cuando nos dejamos arrastrar en medio de una cascada de emociones hacia el centro de un brumoso lago, donde juntamos nuestras manos en portentosa simetría
y acordamos retomar el sendero de una nueva vida paso a paso, hombro con hombro.

Lo primero que llega a mi recuerdo de tan gloriosa ocasión es tu mirada, como siempre, reflejo de tu alma; esos ojos claros que según la luz del día se tornan en más grises o en más verdes, pero en cualquier caso puerta de entrada a tus más recónditos misterios. Y yo me pregunto ¿qué hace que dos seres “desconocidos” hasta ese momento latan sus corazones al unísono, aúnen sus pulsaciones o suspiren a la vez? ¿Qué soterrado enigma yace en nuestras profundidades para que dos espíritus se digan sin pronunciar palabra alguna “aquí estoy, he vuelto” y el otro le responda “llegó el momento, estoy contigo”?

Somos duendes misteriosos e indomables, aunque ya no tan salvajes como en el pasado y fíjate que salimos de entornos diferentes, pero nada más distinguirnos desde la distancia, un impulso arrebatador nos indujo a desnudarnos el uno frente al otro, sin temor, pues nada había que esconder. En segundos, tradujimos al lenguaje de los gestos nuestra gran afinidad, por lo que todos los pasos materiales que tuvimos que dar para confirmar ese compartido vínculo del que gozamos, resultaron tan naturales como sencillos. Y es que nuestras pieles de algodón se reconocían tan similares que todas nuestras pisadas iniciales resultaron tan silenciosas como decisivas.

Hubo una ocasión en la que me dijeron que existió un primigenio día, una oportunidad en la antesala de los siglos en la que hablando entre nosotros exclamamos al compás “¿por qué no?”. Tras reírnos por la ocurrencia, ese desafío lanzado al aire, resonó como eterno eco en la montaña de los tiempos y una vez sí y otra también, coincidíamos en el pelaje orgánico para continuar con nuestra imperecedera senda. Se puede andar solo pero siempre es más dulce hacerlo acompañado, porque Dios no envió a sus hijos como islas al océano de la existencia, pues quiso que aun siendo independientes, precisáramos del otro para nadar entre las corrientes del progreso.

Desde aquella milagrosa jornada, en la que libremente decidimos cogernos de la mano, han pasado tantas cosas…Hemos sido pobres, ricos, estudiosos e iletrados, brutales y hasta despiadados, pero cada paso que avanzábamos, cada amanecer que contemplábamos juntos, algo más hermoso nacía en nuestros corazones, el néctar destilaba en miel de sonrisas implicadas y el don que crecía, nos alejaba de la oscuridad de nuestras cavernas íntimas y nos aproximaba a la Verdad, a la luz más esclarecedora: la del amor. Existiendo tantas formas de afecto, nos hemos querido desde todos los ángulos y a veces, hasta nos hemos herido y hecho daño, porque por momentos, los dos jalábamos de la misma cuerda de la vida pero hacia parajes diferentes.

—“Por aquí” —te decía yo.

—“Que no, por allí” —me contestabas tú.

Y cuando habíamos avanzado tan solo unos metros en direcciones opuestas en lo que parecía la ruptura de nuestro pacto sempiterno, girábamos hacia atrás nuestras cabezas y he aquí que nuestras miradas de ternura volvían a cruzarse en el infinito discurrir del trayecto de los seres. ¿Lo recuerdas? De pronto, corríamos como niños que han olvidado su rabieta hasta abrazarnos, y tras llorar para que la alegría penetrara nuevamente por nuestros recodos, clavábamos las rodillas en el suelo y nos hablábamos:

—“No me dejes” —afirmaba yo.

—“No te dejo” —respondías tú.

—“Mejor reemprender el camino juntos que en soledad” —asentíamos mirando al cielo.

Y así, antes de descansar y tomar nuevas fuerzas, cuando la noche del cuerpo caía y la mañana del alma se iluminaba, exclamábamos:

—“No importa, volveremos a intentarlo”.

Nada quedó en el olvido, querida amiga, pues al poco de hallarnos, todo ese aluvión de vivencias compartidas en el túnel de la historia regresó a nuestras memorias, condensándose en caricias mutuas que duraron apenas segundos, pero que contenían en sí el elixir de un pasado de experiencias inmortales.

Gracias por cederme tu tiempo, yo también te concedo el mío. Ese es el secreto de la flor que hemos plantado en el inmenso jardín de la evolución. Su misterio y su belleza residen en la complementariedad de dos almas forjadas en las batallas de la vida. Tan pronto finalizaba una de las luchas mantenidas, nos apretábamos intensamente hasta fundir nuestras costillas, estando ya pendientes de cuándo se iniciaría el próximo reto para nuestro crecimiento. Así fecundábamos y regábamos nuestra planta. Es cierto que yo camino por mis pies y tú por los tuyos, pero nuestras manos siempre van entrelazadas. Nadie nos obligó. Dios depositó en nuestras conciencias el instinto de marchar hacia delante pero fuimos nosotros, espíritus libres, los que decidimos andar mirándonos y curtiendo el alma que llevamos dentro y nos sostiene.

Querida compañera: queda tanto itinerario por recorrer, mas cuando miro atrás y observo los logros conquistados bajo el mismo aliento, una sonrisa grata me viene al rostro y te miro, y mis pupilas se inundan de emotivas y silenciosas lágrimas de gratitud hacia ti, por lo que eres, por lo que significas. Y sé, en mi intimidad, que a ti te ocurre lo mismo. Son tantas épocas de remembranzas en peregrinación a dúo, que no existe un tupido vestido sobre la Tierra que permita ocultar nuestras confidencias. Y como todo no siempre va parejo, unos días, atenazado el que te escribe por el miedo o por las dudas, tú me confortas cuando me acaricias el alma con la yema de tu voz, mientras otros amaneceres, en los que abres tu lindas pupilas sumida en las preocupaciones, yo te yergo el ánimo con palabras de valor o simplemente, con un beso de almíbar depositado en los nudillos de tus manos.

Mujer, los buenos espíritus nos contemplan y no porque seamos especiales, sino porque Dios tiene ojos por doquier con los que a veces nos ofrece un guiño cariñoso, pues no existe mayor alegría para un Padre como Él que descubrir a sus hijos ligados a la felicidad, hermanados en el infinito viaje hacia la perfección. Tan magno resultó su designio que nos otorgó la inteligencia, pero también la libertad, para que avistáramos la travesía por recorrer y decidiéramos poner soberano ritmo a nuestra caminata. Aprendimos del pasado y ya quedan muy lejanos aquellos períodos de estancamiento en los que anulábamos nuestras fuerzas, perdidos en la confusión al pretender remar en direcciones antagónicas. Hoy resulta todo más claro ¿verdad, cariño? Trabajoso, sin duda, pero hemos retirado tantos espinos del sendero, agachándonos y volviéndonos a incorporar, que al apreciar tu perfil es imposible que no me regocije cuando me despierto tras la noche junto a la silueta de tu torso.

Es lo que más amo de nuestra relación: el equilibrio. Y es que cuando notamos que uno de los platillos de la balanza de nuestros actos se eleva o desciende más de la cuenta, rápidamente se disparan los resortes de nuestras conciencias y como buenos magos del discurrir diario, hacemos todo lo posible por ajustar nuestros pasos. Desde tiempos inmemoriales, ambos poseemos entera libertad para jalar de la mano del otro si vemos que sus andares se enlentecen.

Amiga de los siglos, recuerda nuestra ancestral promesa, aquella que acordamos en las brumas del espacio, cuando consolidamos la unión de nuestras aspiraciones de progreso. Si tú, sales de esta casa compartida de la vida antes que yo, espérame, por favor, y tiéndeme tu mano cuando llegue mi turno. Y si es al revés, no albergues la más mínima duda; mis brazos, mi corazón y mis pensamientos te recogerán estés donde estés, pues hace mucho tiempo unos ángeles luminosos y sonrientes me extendieron un salvoconducto sin fecha de caducidad para abrazarte, allí donde te vea, aquí como ahora o allá como en el futuro.

Que Dios nos bendiga y que Él consagre con su proverbial misericordia, a todos los espíritus que han decidido realizar juntos su trayecto inmortal hasta la mansión del Reino de los Cielos, allá donde el amor mana de su fuente primigenia.

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