El juicio del médium (I)

 

Hace ahora unos veinticinco años conocí a una persona extraordinaria. Se trataba del mayor médium con el que me había relacionado hasta ese momento y de hecho, creo no haber hallado a nadie más como él hasta el día de la fecha. Por mediación del testimonio de otros y engarzando datos como un detective, al fin pude dar con su paradero. Desde luego, la tarea investigadora hasta llegar a su presencia no resultó fácil aunque puedo asegurar que mereció la pena.

Recuerdo perfectamente cómo resultó aquella tarde primaveral, cuando sin haberle visto antes y a través de una simple descripción visual que me había realizado un sujeto que sabía dónde vivía, me presenté en el umbral de su casa dispuesto a averiguar quién era en realidad. Fue entonces cuando me armé de valor y llamé a la pesada puerta de su domicilio, golpeando una de las grandes aldabas que colgaba de la misma. Allí no existía timbre, por lo que en una especie de “escapada hacia delante” debido a mi timidez ante la situación, di dos grandes trastazos para que me escuchara bien. Estaba claro que para mí resultaba incómodo el presentarme en el hogar de alguien de quien tan solo había oído hablar por fuentes indirectas. Sin embargo, resultaba tanta mi motivación, que llevado en volandas por el impulso del conocimiento, me decidí a “invadir” su intimidad en gesto resuelto.

Me sentía nervioso, pues no imaginaba la reacción que podía tener aquel hombre. Quizá me rechazara por mi “irrupción” en su hogar o tal vez me mostrara indiferencia, pues no tenía ninguna obligación de aceptarme ni de brindarme, en gentil invitación, el acceso a su morada. La incertidumbre, mientras esperaba algún ruido tras aquellos recios muros, me producía ansiedad. Tras unos segundos de tensa espera, escuché pasos, se abrió aquel portón y aquella persona me miró de arriba a abajo casi traspasándome con su primera ojeada. Fue entonces cuando todos mis temores desaparecieron, pues mi intuición me pellizcó en la mejilla de mi conciencia y me anunció en lo más íntimo que todo iría bien.

Manuel, pues así se llamaba, me contempló nuevamente como guardia que examina a un extranjero en un puesto fronterizo, aunque no me pidió “papeles” ni documentación alguna. Tras breves instantes y sin pronunciar yo palabra, me indicó con su brazo que pasara al interior de su vivienda y así lo hice. Con su sonrisa franca y sincera marcada por unos gruesos labios, alejó de mi pensamiento cualquier sentimiento de intromisión, ya que en sus adentros me había proporcionado la mayor de las bienvenidas. Y es que en muchas ocasiones, los espíritus encarnados no precisan del lenguaje oral para entenderse mutuamente, porque reconocen lo similar de sus vibraciones. Sin embargo, he de reconocer que esto no fue más que un minúsculo anticipo de la impresionante escena que a continuación se iba a desarrollar ante los llorosos ojos de mi alma.

Una vez me senté frente a una mesa rectangular situada en su cocina, lugar donde según él agasajaba a sus mejores amigos, y mientras me preparaba algún tipo de bebida caliente, empezó a describirme, sin yo preguntar nada, una presencia que estaba justo a mi lado derecho, en posición al parecer cariñosa, pues me contemplaba de pie al tiempo que pasaba su brazo derecho sobre mi hombro en actitud afectiva. Al principio no le atribuí demasiada importancia, pensando que tal vez quisiera impresionarme al darme muestras de sus “facultades”, al dibujar el rostro de una entidad que podría “andar” por allí observando nuestro encuentro o convocada por la curiosidad de los temas sobre los que íbamos a tratar.

Sin embargo, la coyuntura dio un giro brusco y radical cuando el hombre empezó a hablar del “aspecto” de aquel ser que tan amoroso se mostraba hacia mí. El corazón se me encogió y comenzó a bombear sangre con inusitada fuerza, los escalofríos viajaban apresuradamente desde mi coronilla hasta mis talones y un nudo intenso, imposible de desatar,  se me hizo en la garganta, parecido al que se te forma únicamente cuando te enfrentas a circunstancias vitales muy especiales. Mi madre había abandonado su envoltorio físico tan solo unos meses antes y por supuesto, no tenía la menor idea acerca de su paradero, aunque yo por aquel entonces, ya creía en la inmortalidad del alma y en la existencia del mundo espiritual.

Me fue imposible contener mis emociones ante las palabras que estaba escuchando y que en torrente vertiginoso volaban desde mis oídos hasta el núcleo de mi ser más profundo. Con mis latidos acelerados, mis fluidos se desplazaban a gran velocidad por todo el cuerpo, a fin de no perder la conciencia de lo que allí, en improvisada y fascinante reunión, estaba viviendo con un realismo abrasador.

¿Cómo no iba a marcarme para siempre el hecho de estar experimentando la presencia de mi amada madre junto a mí, a las pocas fechas de su desaparición física? Su bata azul de andar por casa, sus cabellos negros, sus ojos castaños, su rostro y esa mirada melancólica a la que me había acostumbrado en sus últimos años de existencia, estaban siendo trazados de manera diáfana por aquel hombre con el me había encontrado por primera vez. Esas brillantes retinas, tristes pero tan compasivas, fijadas en mi nuca, sus brazos ligeros y tiernos que estrechaban mi espalda aportándome la mayor de las seguridades, como cualquier hijo de corta edad extraviado, que confuso y perdido en sitio extraño, de pronto se cruza con la piadosa figura de su mamá y corre veloz para abrazarse a ella con lágrimas derramándose por sus mejillas.

Hasta los detalles más precisos sobre la imagen allí incorporada, salían por boca de aquel hombre, en vocablos que parecían dictados literalmente por el soplo de mi progenitora y que hacían temblar los cimientos del edificio de mi historia. Tragaba saliva una y otra vez por no romper a llorar como un crío pequeño que se reencuentra con su madre tras temporal separación. Supongo que si alguno de vosotros habéis experimentado una situación similar, sabréis lo que se siente en esos instantes tan emotivos y que te traspasan como una afilada lanza hundida en tus entrañas. En aquel “aquí y ahora”, me dejé envolver por los más puros afectos, los que te hacen vibrar como lo que somos: verdaderos espíritus, mecidos por la mano de Dios, con unas ansias increíbles de amar y de ser amados. ¡Qué poca carne sentía yo en tal ocasión, percibiéndome dentro y fuera de mí mismo a la vez, con mi conciencia en ebullición, abriendo y recorriendo el libro de mi biografía en una especie de momento extático!

¿Cómo era posible que un hombre a quien veía por primera vez y que no sabía absolutamente nada de mi vida o de mis circunstancias pudiera haber tenido aquella maravillosa visión? El fenómeno sucedido no podía medirse por parámetros azarosos, sino que constituía el más razonado y fiel reflejo de la realidad de la vida espiritual. Su consecuencia fue como la que ocasiona un fuerte puñetazo que impacta en el mentón de tu conciencia. A partir de ese supremo momento, no volvería a tener más dudas. Aquella extraordinaria experiencia, planeada de antemano en la esfera espiritual, debía servir para responder definitivamente a mis interrogantes y facilitarme el camino de acercamiento a lo inmaterial, con todo lo que ello iba a implicar para mi joven existencia. Y es que ¿quién de entre nosotros, al empezar, no ha tenido más de un titubeo cuando lo que tocas, ves y oyes, crees que es la única dimensión válida?

Confieso que aquello me conmovió de tal manera, tanto por la intensidad de lo vivido como por sus efectos, que supuso el aldabonazo de salida para mi trayecto de estudio. Estaba claro que solo una prueba tan contundente y de esa naturaleza era la única vía que mis buenos mentores habían contemplado para empujarme a despertar, ya que durante años, al observarme, habían visto cómo cada vez que efectuaba un amago de levantarme de la cama, volvía a acostarme feliz en mi inconsciencia. Todos sabemos que el libre albedrío siempre es respetado, pero es positivo que, de vez en cuando, ellos golpeen los pilares de tu estructura vital para que caigas en la cuenta de cuáles fueron los compromisos que firmaste antes de descender a esta tosca dimensión que constituye la vida física. Desde aquel entonces y habiéndose servido ellos de este amigo médium para sus propósitos, comencé a instruirme acerca del mundo espiritual, ahora sí, con la certeza de lo que significó aquella sonora bofetada sobre mi rostro por mis dudas sordas.

Examinando el proceder de aquel buen hombre, aquel ser resultaba prodigioso y por más que hubiera leído sobre este tipo de individuos, no podía dejar de asombrarme ante la mera descripción de sus experiencias cotidianas que para mí resultaban excepcionales y sin embargo, para él formaban parte de su rutina más habitual. Yo, a mi joven edad y con mi escasa práctica en esos temas, trataba de estudiar a aquella persona a la que cuando miraba o escuchaba no sabía si estaba más acá o más allá, que vivía continuamente en esa delgada línea que separa lo material de lo incorpóreo, traspasándola en constante ida y vuelta en una especie de fascinante pasatiempo. Si aguardaba a alguien descender de un tren, coche o avión, él percibía al que esperaba así como a sus “acompañantes invisibles”; penetraba en cualquier local público advirtiendo no solo a los seres de carne y hueso sino a todos los “desencarnados” que por allí deambulaban; a veces tenía tantas dificultades para distinguir a unos de otros, que había días en que evitaba viajar en automóvil para no exponerse a un fatal accidente.

Era en definitiva un médium tan potente, que en el funeral de su tía en la iglesia, se permitía transmitirme al oído lo que estaba observando allí mismo respecto a ella. Andaba esa mujer revoloteando entre las estatuas de ese templo mientras que cada cierto tiempo, se acercaba a su sobrino para comentarle en su oreja acerca de la idoneidad o la inconveniencia de la condición de cada uno de los asistentes a sus propias exequias, hablándole de la sinceridad de algunos pero también de la hipocresía mostrada por muchos de ellos en su “dolor” por tan “irreparable pérdida”.

…continuará…

10 Replies to “El juicio del médium (I)”

  1. En efecto, a pesar de haber transcurrido 20 años de aquella maravillosa tarde, me acuerdo perfectamente de lo que sucedió y de este hombre tan especial.
    Un abrazo, Elena.

    1. Relato muy explicativo de dos realidades, la terrenal y la "otra", pensar que todo lo que hacemos , pensamos, ellos lo saben, lo ven. Cuanta veces nos hablan al oido, pero no nos damos cuenta, particularmente me suelen decir, "no lo hagas, no gastes", hago caso omiso, y que verdad lo que me decían.
      Abrazo, José Manuel.
      QUE DIOS TE BENDIGA

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