Jesús, el Maestro

     

Querido Jesús: eres lo mejor que le ha sucedido a la Tierra en su larga historia. Y me pregunto, apreciado hermano, qué tuvo que pasar por la sabia mente de Dios para que decidiera enviarte entre nosotros. Tú aceptaste el encargo sin titubear, a sabiendas de lo que te aguardaba en un suelo de desiertos y escorpiones. ¿Cómo una pura esencia como tú pudo permanecer atrapada en mazmorra corporal durante treinta años?

Si los profetas son hombres que hablan en nombre y por inspiración de Dios, tú eres el más grande que hayan contemplado las épocas. La casa que edificaste sobre los cimientos de tus obras resultó tan elevada, que hasta el soberbio tiempo, aquel que había gobernado los ciclos de los seres hasta entonces, se prosternó ante ti, cegado por la radiante luz que proyectaba tu perfil y se rasgó en dos mitades para que hubiera en los espacios del hombre un antes y un después de tu venida.

Hasta tu llegada, habían arribado a nuestros oídos mensajes ilusionantes de grandes personajes, pues algunos te anunciaban, pero no eran más que precursores de ti, simples chispas del fuego llameante con el que purificaste el orbe y nos entregaste el calor de la más sublime de las esperanzas. Y es que no existe nada en tu doctrina que resulte vano o estéril. Tus palabras son tan perfectas que han de ser necesariamente espejo de lo que el Creador susurró en tu conciencia antes de enviarte a tan agreste plano. No se ha hallado apunte en tu biografía que carezca de trascendente significado. Contigo, la oscuridad se encogió y la mañana se despojó del crepúsculo para amanecer definitivamente, pues las brumas cenagosas se disiparon y el hombre no volvió a temer jamás a las tinieblas de su propia noche.

Dejaste plantada la semilla de la Verdad entre nosotros, luminaria incandescente reflejo del Padre, para que todo aquel que quisiera mirarla a los ojos, la sintiera crecer en su interior y pudiera apreciarla regándola con nobles actos. Invadidos por la plenitud que tu certeza aporta, pero también por el desafío íntimo que provocas en lo más recóndito del ser, nos vemos impelidos a caminar hacia el progreso. Y es que tu Verdad, Jesús, produce inquietud, la que proviene de agitar las aguas internas, aquellas que moran en el lago de nuestro pensamiento y que han de renovarse continuamente para evitar la agónica amargura del estancamiento.

Maestro, es imposible mirarte y permanecer impasible. Tu obra se erige en aguijón punzante y revelador que presiona en nuestra llaga hiriente, la cual sangra cuando la indiferencia se apodera de nosotros. El influjo de tu mensaje se clava como estoque puntiagudo en el pecho del hombre y es entonces cuando la persona, si te reconoce, no se aparta aunque duela, pues el espíritu no es pusilánime cuando nos retas a preguntarnos quiénes somos y a qué hemos venido. Tu alud moral se esparce por nuestra conciencia y es cuando reaccionamos, al ver lo que hiciste y lo que nos legaste. Nos abriste los ojos a la compasión, al hacer del amor a Dios ideal primordial de vida, pero utilizando la herramienta del afecto al prójimo como instrumento perfecto de armonía.

¿En qué pensabas tú de niño o de adolescente? Trabajando la madera con tus avezadas manos seguro que sonreías a toda esa pléyade de espíritus doctos y prudentes, los que desde el otro plano te acompañaban en tu tarea, pues tú desarrollaste en pretéritas edades la capacidad de estar aquí y allí a la vez. Era tanta tu altura, que aún aprisionado en carne y huesos, las ventanas del paisaje celestial se mantenían abiertas para ti de par en par. ¿Con quién hablabas por las noches al dejar reposar tu cuerpo en el lecho? ¿Qué te decían y qué respondías tú? Poseías distinguido hilo con el Padre, a través del cual, te dejaste guiar en vida para hacer de su encomienda la misión perfecta. Y Dios debió sentirse dichoso con tu cometido, al manifestarte tú en emisario inigualable de sus intenciones.

Maestro, ya no tenemos excusas. Tú compilaste en tu enseñanza el añejo saber de todos los profetas que te habían precedido y tras sacudirla para obtener la ideal esencia, giraste hasta abrir la llave de tu elixir condensándolo en una única palabra: “amor”. ¡Auténtica piedra filosofal, martillo de las sombras del egoísmo que se mueve entre penumbras! Por amor, Dios creó el Universo y nuestro mundo, por amor engendró a los espíritus y los lanzó en infinito peregrinaje de vuelta a Él, por amor nos proporcionó todo lo que precisábamos para efectuar tan apasionante recorrido y tú, Jesús, por amor también, descendiste hasta nosotros para entregarnos la brújula de nuestra senda, aquella que un día lejano ha de llevarnos junto a ti, para así poder estrechar tu mano redentora. Será el momento de agradecerte con un suspiro de gozo el esfuerzo que realizaste para descorrer la cortina que nos mantenía presos de la ignorancia, permitiéndonos distinguir el resplandor fulgurante de tu luz liberadora.

Al quebrar con tu sacrificio los grilletes de nuestro cautiverio, fuimos libres para avanzar, para crecer imitando tu ejemplo y cumpliendo tus preceptos. Sé que no es camino de única jornada o siglo, ni siquiera de una sola vida. Mas ¿qué es ello comparado con el tiempo que tú empleaste para estar junto al Padre y convertirte en uno de sus cercanos colaboradores?

Mas no me ofusco: todos estamos en la senda evolutiva y sé que, cada vez que te recuerdo, mi paso recobra la buena marcha, mi corazón palpita con ondas amorosas y es tan deslumbrante tu brillo que aun en medio del más tupido de los bosques, tus rayos de luz se cuelan por entre los árboles, iluminando mi trazado de imperfecciones. Ay, Jesús, que con tan solo pensar en ti, mis dudas se resquebrajan, tus dulces manos se posan sobre mis hombros y mis ojos te advierten de súbito en el otro, aquel que desde tu garganta, tú llamaste para siempre “prójimo”. Una mañana, puede suponer saludar a cualquiera con un “buenos días” diferente, otra tarde puede implicar “escuchar” a alguien con todos mis sentidos, fiel reflejo de tu excelsa empatía y a la noche siguiente puede incluir narrar un cuento maravilloso a mi hijo desde el corazón, de tal modo que contemple sus ojos de asombro y sus orejas receptivas a las palabras de su admirado padre.

¡Ay, Jesús! Que nos empeñamos en proyectar la escalada al Everest de nuestra vida y somos incapaces de subir a la más suave colina cercana a nuestro hogar. ¿No será, querido hermano, que lo que nos asusta no es la altura de la cumbre sino la propia ascensión?

Para eso te tenemos y por eso viniste, regalándonos tu ciencia para otorgar claridad a seres imperfectos como nosotros, que cuando arrecian el viento y la tormenta, preferimos ocultarnos raudos en la bodega de la nave en vez de agarrar el timón con más fuerza y acometer el temporal. Perversa inconsciencia del que piensa que las pruebas de la vida no le van a alcanzar porque tape sus ojos con sus propias manos.

Si tú no vacilaste, a sabiendas de lo que te esperaba en manos de espíritus tan primitivos ¿por qué habríamos de hacerlo nosotros si tú disipaste nuestra oscuridad con el candil de tu generosidad? Luz inagotable, ecos no apagados que prosiguen golpeando las laderas de la conciencia humana, así resultó tu paso por este orbe, la más brillante de las certidumbres, al anunciarnos el lugar del que provenías y el feudo al que retornaríamos: tu Reino espiritual.

Maestro incomparable que disolviste la mancha del desconcierto en nuestros corazones. No hay felicidad duradera que se asiente sobre lo que se palpa sino sobre aquello que no se puede tomar con la mano. ¿Acaso se puede atrapar una palabra de consuelo al necesitado, una sonrisa de ánimo al atribulado o una compasiva mirada al caído? En tu corte no existen monedas ni oro con el que comerciar, tan solo deslumbran los dividendos de las buenas actuaciones y los préstamos de amor que no se fían, sino que se entregan a fondo perdido y con el corazón abierto, a sabiendas de que cuanto más concedas, mayores serán tus dones, aquellos que permanecen impolutos pues no existen polillas que los roan ni vientos que los erosionen.

Lo que tú promoviste entre nosotros son valores que no caducan, azote de los pesimistas y destello entre los justos, signos externos de la voluntad que te animó y de tus puras intenciones. Lo entregaste todo, adaptaste tu anuncio a la mente tosca de los hombres de la época y aunque antes de bajar, catedrático eras, supiste hablar con palabras sencillas para estudiantes atrasados, muchos de los cuales optaban por repetir curso por no acometer el esfuerzo de tu aprendizaje liberador. Mas tú, como enviado de Dios, respetaste la libertad de seguirte o ignorarte, pues tu misión no era imponerte por la fuerza sino invitarnos a caminar contigo en pos de la vida celestial. Siempre ofreciendo tu dadivosa mano mas nunca apretando, aunque tu voz resultara tan resonante que mostrarse sordo a tu Verbo implicara seguir sumido en el espectro de la opacidad.

Desataste con tus expresiones las cuerdas que nos sujetaban, las que nos impedían girar la cabeza y mirar a la luz primigenia, la que proviene del Padre, aquella que alguien que te precedió definió como “sombras” de la materialidad frente al esplendoroso mundo de las Ideas. Tu silueta emergió de pronto a la salida de aquella tenebrosa cueva y escuchamos de tus labios: “el que quiera, sígame”. Estábamos tan obtusos creyendo que los reflejos de la Verdad eran la verdad, que tu presencia entre nosotros alejó para siempre la niebla de nuestras confusiones. A partir de ese momento pudimos mirarnos los unos a los otros, con la dignidad en nuestros rostros y proclamando el enunciado portentoso que mantiene unidos los goznes del Universo: “haya Amor”.

Eres nuestro mayor consuelo en este destierro por el que hemos de transitar. Aunque vivas lejos, irradias y te posas entre nosotros en cuanto pensamos en ti. Con tu ayuda y nuestra voluntad, alcanzaremos antes las puertas de tu Reino, donde habitan el esplendor y la dicha incesante de los espíritus que moran contigo. Allí existe espacio para todos, tan solo es cuestión de mérito, pues infinita es la sabiduría y la bondad del Creador, las cuales se extienden más allá de las estrellas.

Maestro Jesús, vela por nosotros, que tu llama inextinguible prosiga refulgiendo como faro que nos guía en medio de la tempestad. Yo sé que tú, con el consentimiento del Padre, harás más llevadero el paso de este planeta desde la más triste de las expiaciones hasta la más esperanzadora regeneración. ¡Que así sea!

2 Replies to “Jesús, el Maestro”

  1. en definitiva con el echo de pensar todo lo que nuestro maestro jesus hiso por nosotros sin poner pretexto alguno y aser la hobra por amor al padre y a su projimo me ase sentirme muy feliz y me desmuestra que tengo un proposito para mi vida para la hobra de mi padre me gusta

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