En la mente de Dios

Qué pretencioso puede parecer titular un artículo de este modo. Pido disculpas si alguien se siente ofendido, ya que no es esa mi intención. Sin embargo, hay algo en mi interior que me empuja a reflexionar sobre tan desconocido asunto. ¡Ni siquiera me conozco a mí mismo y quiero saber qué hay en el pensamiento de Dios! ¡Ah, querido hermano Sócrates, perdóname por saltarme tus principios!

Sí, por supuesto, ya sé que fuimos creados inmortales, que estamos compuestos de materia y espíritu, que la vida continúa tras la muerte física, que hemos de reencarnar múltiples veces hasta alcanzar la condición de espíritus perfectos, que existe una pluralidad de mundos habitados y que el destino del hombre es evolucionar.

Pero mi intención, hoy, es subir un escalón más, ascender a la montaña más elevada y allí, más “cerca” del cielo, preguntar al Creador por qué motivo puso en marcha el Universo, el transcurso del tiempo creó a los espíritus.

Me pregunto qué necesidad tendría. Si Él posee en sí mismo la perfección ¿cómo iba a sentir la obligación de crear algo? ¿Es que Dios puede tener necesidades? No obstante, ahí está su obra y cualquiera que no pretenda cegar sus sentidos puede contemplar las galaxias, los planetas, la Naturaleza y sus ciclos, el mecanismo de la reproducción que asegura que aquella no se acabe y desde luego, su creación más esencial, al menos para nosotros, los espíritus, dotados tanto de inteligencia como de libre albedrío.

Acorde a nuestra mentalidad, nuestros hermanos del “más allá” nos dijeron en su día que una buena forma de conocer al pintor era observar sus cuadros, o expresado de otro modo, podíamos llegar a saber algo acerca del “artífice” a través del conocimiento de sus obras.

Señor, mi cuestión acerca de por qué todo se inició es seguramente manifestación de mi orgullo pero Tú también me hiciste inteligente al igual que a los que me rodean. Merced a ello, me hago numerosas preguntas, incluso tan insólitas como esta por la que ahora te consulto. Perdona mi osadía, pero si uno de los caminos evolutivos del ser pasa por el aprendizaje y el desarrollo intelectual es lógico que me plantee estos interrogantes. ¡Quisiera saber tanto sobre tu Voluntad escuchando tu silencio!

Cuando observo una mesa recién terminada, con ese suave tacto de la madera, con esas medidas tan simétricas, con esas patas que la asientan tan impecablemente sobre el suelo…no puedo dejar de acordarme de la acentuada maestría del carpintero y me digo a mí mismo ¿qué habrá en la mente de ese virtuoso para haber construido una mesa tan perfecta ante mis ojos?

Cuando acudo a una exposición de pintura en un museo y al fin contemplo el cuadro que más me impresiona, lo primero que viene a mi pensamiento es intentar conectar con la mente del pintor, saber cuáles fueron sus motivos para crear algo tan bello, cómo aplicó su maravillosa técnica, qué le llevó a realizar su obra con tanto esmero.

Padre, porque así lo permitiste, los espíritus nos dieron “pistas” sobre ti hace más de siglo y medio. Nos manifestaron que eras eterno, inmutable, inmaterial, único, omnipotente y por supuesto, soberanamente justo y bueno.

Las primeras cinco cualidades entran más bien dentro del terreno del conocimiento pero las dos últimas, la justicia y la bondad, me atrapan y me envuelven con tu amor porque sé, en definitiva, que nada malo puede provenir de Alguien absolutamente justo y bondadoso como Tú.

Yo, tan anhelante por adquirir nuevos conocimientos, he sido destinado a una escuela donde me han asegurado que imparte clases el profesor más inteligente, ecuánime y bueno que se conozca. Cuando me enteré, me sentía tan feliz que una auténtica señal de dicha me embargó el corazón al tiempo que contaba los segundos que restaban para llegar a ese colegio, tomar asiento en el aula y empezar a escuchar a tan excelso maestro.

Sé que existen muchas tradiciones religiosas y filosóficas incomparables sobre la faz de la Tierra, pero cuando trato de intuir lo que hay en ti, me resulta muy hermosa y eficaz la judaica, idónea para intentar escrutar en tu “mente”, tal vez porque fue la primera doctrina en reconocerte como único.

Dicen los sabios hebreos que la presencia de Dios (shekinah) la puedes descubrir en el sabor de una fruta. Tan sencillo y tan sobrecogedor. A ello, se le podría añadir el olor de la brisa marina, la calidez de los rayos del sol cuando amanece o el tacto de la piel de un recién nacido. Lo verdaderamente esencial es el modo en que te aproximas a esas sensaciones.

En su ancestral oración, pilar sobre el que se asienta su fe monoteísta exclaman:

“Escucha, oh Israel. El Señor tu Dios es Uno.Y amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”.

Esta famosa expresión del Deuteronomio denominada “Shema” (escucha), es el principio capital que da sentido al pueblo que desarrolló la creencia en un solo Dios.

Padre celestial, Tú eres Uno. No hay espacio aquí para lucha de dioses intentándose disputar una parcela de poder sobre la vida humana. Y a ti hay que quererte desde el corazón, el cual tiene sus propias “razones” (la intuición profunda de ti), con el alma, donde residen la inteligencia y la voluntad del mismo espíritu por amarte y por último, le sumamos la intensidad de todo el deseo de agradecimiento del que un hijo es capaz (con todas tus fuerzas).

El espíritu de Verdad también tomó del Génesis una máxima para explicar no el porqué, sino el cómo Tú creaste el Universo:

“Dijo Dios: hágase la luz, y la luz fue hecha”.

Jesús, en su paso como espíritu perfecto por nuestro planeta, sumó a la “Shema” y en igualdad de importancia lo siguiente:

“Y amarás al prójimo como a ti mismo”

¿Quién no recuerda la pregunta nº 10 de “El libro de los espíritus”?

—¿Puede el hombre comprender la naturaleza íntima de Dios?

—No; le falta un sentido para ello.

Todos podemos hablar con el Creador. ¿Por qué no? ¿Acaso un padre no iba a querer escuchar a uno de sus hijos?

Hoy, antes de empezar a escribir, tuve un sueño; le he preguntado en mi interior qué había en su mente. Tras esgrimir ante mis ojos una entrañable sonrisa, me ha respondido:

“Ahora no puedo decírtelo porque no lo entenderías. Te prometo que cuando crezcas, cuando hayas adquirido más conocimientos y madurado con tus buenas obras, te lo explicaré”.

A continuación, me ha tomado entre sus manos y me ha abrazado. Al depositarme en el suelo, le he mirado, he asentido con mi cabeza y me he considerado el ser más dichoso de la Tierra.

Y ahora mismo, voy a desgajar una mandarina y apretarla entre mis dientes. ¡Quiero saber quién eres!

Con todos mis respetos, Padre.

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